MALVINAS BAJO VIGILANCIA
El avión sobrevuela fatigado la arrebatada letanía de Malvinas. Desciende sobre Mount Pleasant y lo primero que se impone es la geometría del poder: hangares alineados, helicópteros inmóviles como insectos metálicos, soldados que parecen parte del paisaje. La base militar es un organismo que respira, que vigila, que recuerda a cada visitante argentino que la disputa no terminó, que la guerra sigue latiendo en silencio.
Puerto Argentino aparece después como una ciudad mínima, casi un decorado. Supermercados con productos británicos, autos con volante a la derecha, rutinas que parecen tranquilas. Pero esa calma consumista es apenas una superficie. Bajo ella, la vida cotidiana está sostenida por trabajadores extranjeros: chilenos, filipinos, cingaleses, paquistaníes. Una comunidad que no pertenece del todo, que se mueve en un espacio donde los reclamos sindicales son imposibles y la continuidad laboral depende de la obediencia.
La pesca, con el calamar como recurso central, es todavía el motor económico. Pero la expectativa se ha desplazado hacia el subsuelo marino. El proyecto Sea Lion funciona como un horizonte promisorio: empresas israelíes, británicas y locales preparan la transición hacia una economía petrolera. Hoteles, transportes, servicios logísticos se reacomodan para convertirse en proveedores de una industria que promete transformar la estructura del archipiélago.
Hotel House en las Islas Malvinas, en la rivera de Puerto Argentino.
En las entrevistas, Andrea Clausen, jefa ejecutiva del gobierno isleño, habla de abastecimiento desde Europa, de barcos que hacen escala en Montevideo, de la dependencia de la inmigración para sostener la economía. Su relato es el de una sociedad que se sabe periférica, aislada, pero que confía en el petróleo como pasaporte hacia otra dimensión. La frase que repite —“las islas son británicas”— es mucho más que una posición política: es un mantra que intenta borrar la memoria argentina, un eufemismo de avasallamiento colonial, un conjuro contra la historia.
La tensión se percibe en cada detalle. El visitante argentino es sospechoso. Debe informar dónde se alojará, cuántos días permanecerá, qué objetos lleva consigo. No se puede filmar ni fotografiar instalaciones militares. La vigilancia es parte del paisaje, como los vientos que golpean las calles o los barcos que llegan una vez al mes.
LA RIQUEZA OCULTA DE MALVINAS
Leer Malvinas es decodificar estos fragmentos como signos de un sistema mayor: la base militar como símbolo de control global, la inmigración como engranaje de un capitalismo sin sindicatos, el petróleo como promesa de futuro y amenaza de saqueo. Todo convive en un mismo territorio, en una misma ciudad pequeña, en un mismo archipiélago donde dos memorias irreconciliables se enfrentan sin hablarse.
Malvinas es un texto escrito en capas: la superficie tranquila de Puerto Argentino, la maquinaria militar que nunca se detiene, la economía que se internacionaliza, la expectativa de un petróleo que puede cambiarlo todo. Y en el fondo, la memoria argentina, persistente, que observa desde la distancia cómo el territorio ocupado se convierte en laboratorio de extractivismo y enclave geopolítico.
La historia se despliega desde 1974 hasta nuestros días y su lectura es la radiografía de un proyecto colonial que nunca se detuvo. El documento británico entregado en la Casa Rosada por James Hutton parecía, en apariencia, un gesto de negociación: doble nacionalidad, dos banderas, alternancia de gobernadores. Pero detrás de esa propuesta de condominio se escondía la urgencia de Londres por asegurar un futuro económico que ya intuía: el subsuelo de las islas contenía un tesoro energético capaz de redefinir la geopolítica del Atlántico Sur.

El plan de una salida diplomática fue entregado en absoluta reserva por el entonces embajador británico en Buenos Aires, James Hutton, directamente al presidente Juan Domingo Perón
El informe de Birmingham en 1975 fue la bisagra: cuatro o cinco veces más petróleo que en el Mar del Norte. Desde entonces, cada gesto diplomático, cada visita de ministros, cada misión oceanográfica, estuvo atravesada por esa certeza. El episodio del RRS Shackleton interceptado por la Armada Argentina en 1976 fue menos un accidente que la primera colisión abierta entre la defensa de la soberanía y la maquinaria extractiva británica.
La dictadura argentina, con Guzzetti y Martínez de Hoz, se convirtió en interlocutora complaciente. El petróleo era el eje de las negociaciones, pero también el núcleo de la entrega. La transición hacia Thatcher congeló los acuerdos, pero la guerra del 82 y los tratados de Madrid en los 90 terminaron de abrir la puerta: cooperación pesquera, uso compartido de espacios marítimos, y la habilitación tácita para que Londres avanzara unilateralmente en licitaciones petroleras.
MALVINAS: ENTRE LA RESISTENCIA Y LA COLONIA
La cronología posterior es un catálogo de resistencias y claudicaciones. La Ley 26.659 de 2011 intentó blindar la plataforma continental, sancionar a las empresas piratas, embargar barcos y plataformas. Cristina Fernández denunció la militarización británica y la clandestinidad de las exploraciones. Pero la Premier Oil, disfrazada de Harbour Energy, fusionada con Chrysaor, vendida a Navitas Petroleum, siempre encontró la manera de seguir operando. El capitalismo global funciona como un sistema de máscaras: cambia de nombre, de socios, de jurisdicciones, pero mantiene intacta su lógica de saqueo.
Asimismo, el renunciamiento no siempre fue dentro de los parámetros de negociación. Hubo también incursiones dionisíacas cuando el etílico acuerdo Foradori-Duncan en 2016 agregó otra rendición: remover obstáculos, liberar comercio, pesca e hidrocarburos. Y con Milei, la historia se repite con un cinismo brutal: la misma empresa que fue expulsada vuelve con pasaporte falso, se instala en Vaca Muerta, en Tierra del Fuego, en Río Negro, y recibe beneficios fiscales por 30 años. La entrega se convierte en política de Estado, legitimada por un discurso libertario que confunde soberanía con obstáculo, y saqueo con inversión.

El pacto Foradori-Duncan en el que el vicecanciller del gobierno de Mauricio Macri estaba completamente borracho al momento de firmar.
Las Malvinas son, en este relato, un espejo de la Argentina: cada gobierno revela su posición frente al colonialismo, cada tratado expone el grado de resistencia o de entrega. El petróleo es el hilo conductor, pero también el símbolo de una disputa más amplia: quién controla los recursos, quién define el futuro, quién escribe la historia.
Como es costumbre de Librepensante, el momento más cipayo de la historia argentina nos obliga a leer esta cronología como un texto de poder y memoria. No se trata solo de licencias, fusiones y sanciones. Se trata de cómo un país enfrenta la persistencia de un orden colonial que se reinventa en cada década. El subsuelo de las Malvinas no es solo petróleo: es la metáfora de una soberanía que se disputa entre la memoria de los pueblos y la voracidad de las corporaciones.
El tema está en si el gobierno de turno se encuentra del lado de una o del lado de las otras.
Alejandro Lamaisón